Ahondamientos

Tutelas y autonomía

La emigración, se ha dicho, era un fenómeno cuantitativamente limitado pero conocido antes de la Unidad de Italia. Lograda la Unidad, fue necesario pagar el precio. La política financiera de la Derecha histórica se orientó a equiparar el balance y a hacer “economía hasta el hueso”: incluso hasta la molienda del grano fue puesta una tasa que naturalmente pesó especialmente sobre las clases populares. La unificación llevó, en breve, a un agravamiento de las condiciones de vida de las masas populares, sobre todo en los campos.

Progresivamente luego Italia comenzó a industrializarse con un mecanismo que privilegiaba los gastos militares. Nacieron así grandes complejos industriales como Terni, notables bajo el perfil del capital invertido pero escasamente capaces de producir ocupación. Será necesario esperar los primeros años del novecientos para que al Norte, en aquello que luego se llamará el “triángulo industrial”, los tráficos comincen sensiblemente a intensificarse y la ocupación se vuelva condición difusa. La guerra mundial, más tarde, produjo una aceleración de las inversiones, una modernización de las técnicas productivas y un fenómeno de elefantiasis, de crecimiento enorme ésto es, para las industrias de guerra. En los primeros veinte años del 900 Italia se encaminaba a convertirse en un país industrial. El acontecimiento de la industrialización interesó, sin embargo, a pocas y particulares áreas del país. Sólo en 1931 la producción industrial superará en valor absoluto la producción agrícola: orientatativamente los primeros cincuenta años de la emigración italiana interesaron a un país pre-moderno, en vía de lento y parcial desarrollo. Los informes de propiedad en los campos, los pactos leoninos con los cuales los campesinos estaban a menudo ligados a la tierra, las frecuentes carestías, las escasas innovaciones en las técnicas productivas y la lenta divulgación de los abonos químicos, además de la política proteccionista puesta en acción por los varios gobiernos para sostener el desarrollo industrial, fueron factores que empujaron a muchos a emigrar aún no sabiendo nada de las tarifas aduaneras y no teniendo experiencia alguna de otros mundos.

Quien partía podía estar empujado por la desesperación y terminaba por ser empleado como mano de obra no calificada en las grandes obras estructurales que, desde los últimos decenios del ochocientos, fueron emprendidas en todo el mundo (canales, carreteras, ferrovías, trabajos edilicios en los grandes aglomeramientos urbanos); o bien podía contar con oficio más o menos especializado que se deseaba hacer más productivo (sea desde el punto de vista económico como del social) en los centros industriales donde los conocimientos técnicos eran más requeridos. Curiosamente en los años inmediatamente sucesivos a la unificación, técnicos extranjeros vinieron a trabajar en Italia y, después de pocos decenios, técnicos italianos buscaron y encontraron trabajo en el exterior.

Naturalmente no se trata de trayectos migratorios de igual intensidad: el poseedor de un oficio y el campesino sin tierra son las figuras extremas de una gama vastísima de experiencias de trabajo y de vida, interesadas en ir “a otro lugar”.

Un fenómeno característico de la emigración es la “cadena migratoria”. Alguno emigraba, encontraba más o menos afortunadamente trabajo y casa y se ingeniaba para hacer el “acto de llamado” a familiares, amigos y paisanos, que a su vez se comportaban del mismo modo. Estas redes de relaciones son típicas de las culturas subalternas, nacen de abajo y confieren a la elección migratoria un inconfundible signo de autonomía.

Vale la pena decir, a este propósito, que las clases dirigentes se mostraron espantadas por los efectos de la emigración. Los terratenientes del Sud, habituados a vivir a la manera de los nobles, esto es sin hacer nada, descubrieron en poco tiempo que sus tierras arriesgaban una menor productividad y mayores costos de gestión: de aquí sus iras contra la emigración y sus lamentos contra sus efectos nefastos.

En 1868 al honorable Lualdi que había ilustrado a la Cámara de Diputados las posibles, dramáticas consecuencias sociales y económicas de la emigración, llegando también a tocar cuerdas humanitarias y patrióticas, el presidente del Consejo, Menabrea, respondió que era deber de los empresarios de cada sector dar la máxima ocupación. La respuesta de Menabrea seguía a una circular suya que se hizo famosa porque imponía a prefectos, síndacos y funcionarios de la seguridad pública impedir las partidas para Algeria y América de cuantos no estaban en grado de demostrar que tenían un trabajo asegurado o adecuados medios de subsistencia. De allí a algún año, Sidney Sonnino, autor de una famosa encuesta sobre campesinos, observó que, según Menabrea, el emigrante debía tener un capital o un recurso cuya falta era la causa principal de su deseo de partir.

En realidad, frente a las declaraciones anodinas, Menabrea, con la famosa circular, había puesto en marcha el primer control administrativo sobre la emigración.

Más tarde, en 1888, Crispi promulgó aquella que fue definida la “ley de policía”: preveía toda una serie de controles sobre el emigrante antes de la partida y callaba sobre todo el resto. Francesco Saverio Nitti la comentó, algún año más tarde, diciendo que, con aquella ley, el emigrante era tomado cariñosamente por la mano y acompañado hasta el embarco para ser luego arrojado al mar y abandonado a sí mismo. En 1901, para tutelar la emigración, fue creada la Comisaría general, que agrupó competencias dispersas en varios ministerios y fue dotada de escasos medios y de infinitas funciones. Su acción fue obstaculizada por cuantos combatían la emigración y su actividad fue de varios modos criticada. El proceder de la Comisaría fue particularmente útil a nivel congnoscitivo pero no siempre fue seguido por eficaces disposiciones operativas.

Junto a los factores de expulsión, actuaban sobre la emigración también factores de atracción. Un país como Argentina tenía interés de poblar las regiones deshabitadas y uno como Brasil tenía necesidad, abolida la esclavitud, de importar mano de obra para las haciendas de café. Así que folletos y navieros predicaron por años las bellezas de aquellos lugares y muchos fueron atraídos por el sueño de conventirse en dueños de un pedazo de tierra.

A su vez los Estados Unidos eran meta deseada: los controles sanitarios en la isla Ellis, al momento del desembarco, eran pesados pero el trabajo no faltaba y era pagado mejor que en Italia.

Después, los USA comenzaron a obstaculizar la afluencia indiscriminada de emigrantes poniendo progresivamente límites. En enero de 1917 el Congreso aprobó el Test Literario en base al cual serían luego rechazados los emigrantes analfabetos y, entre los italianos, golpeó sobre todo a los campesinos meridionales, analfabetos en su mayor parte. Más tarde, leyes de 1921 y de 1924 bloquearon los ingresos con las “cuotas anuales”, esto es fijaron un número de ingresos en el país predeterminado anualmente para cada etnia. En el caso de los italianos, las cuotas permitieron solamente la re expatriación de aquellos que habían regresado a causa de la guerra y las reuniones familiares. Fueron las disposiciones restrictivas de la inmigración puestas en obra por los países citados que redujeron fuertemente las posibilidades de expatriación de los italianos y llevaron, luego, a la política mussoliniana de desarrollo demográfico. En ella la emigración se habría convertido en parte integrante de la política exterior nacional y definida “un factor de potencia”: los emigrantes adquirieron el nombre de “italianos en el exterior”. Una disposición ad hoc sancionó el nuevo curso: el decreto ley del 21 de junio de 1928, n° 1710, estableció en el artículo 1 que la libreta de pasaporte era de modelo único para todos los ciudadanos que por cualquier razón se iban al exterior. Se salvó así la forma dejando inalterada la substancia: la emigración prosiguió en categorías reducidas y privilegiando los destinos europeos.

Un tradicional y acostumbrado atracadero para la emigración italiana desde épocas remotas ha sido Francia. Las relaciones entre los dos países han conocido fases alternadas, momentos de ‘’amistad’’ y momentos de guerra.

Por lo que atañe a la emigración, a las fases de xenofobia representadas ejemplarmente por el exterminio de Aigues mortes – los italianos en 1893 fueron linchados porque aceptaban pagas de esquiroles – siguieron períodos de providencial amistad: se refieren a Francia “tierra de libertad” que hospedó en los años del fascismo tantísimos adversarios del régimen y acogió la anómala onda de la emigración de trabajo politizada. Francia, por lo demás, ha sido uno de los primeros países en practicar la política de la integración de los extranjeros y, para dar un único ejemplo, los fascículos del “Casillero Político” del Ministerio del interior, conservados en el Archivo Central del Estado, en Roma, contienen ricas y variadas huellas de la vida laboral y política de numerosos obreros italianos. En aquellos papeles quedan señas de vida de anónimos trabajadores con sus problemas cotidianos y con sus esperanzas políticas, cartas y documentos que testifican también los trayectos accidentados de la progresiva integración. Después de la segunda guerra cerca de 4 millones de italianos emigraron a Argentina, Canadá, Australia y a los países europeos. En un primer momento se dirigieron hacia Argentina, calcando las huellas de amigos y parientes que allí se habían establecido precedentemente. Argentina, en cierto modo, fue hecha por los italianos y buena parte de la población desciende de italianos. Luego, por las turbulencias políticas y las crisis económicas, los emigrantes se dirigieron hacia los países europeos favorecidos en ello también por las elecciones estatales.

No muy distinto de cuanto se había tratado de hacer después de la primera guerra, los gobiernos italianos firmaron acuerdos para cambiar mano de obra con materias primas. Ellos debieron afrontar problemas dramáticos – la guerra había producido duelos, miseria y hambre – y favorecieron de todos modos la emigración: dado que las premisas del milagro económico fueron puestas también por los emigrantes, con los envíos de moneda de valor y la aseguración de las materias primas para las industrias. Hoy, contrariamente a cuanto se cree, la emigración de Italia no ha terminado. Se ha convertido en un fenómeno más articulado y más complejo. Cierto es que desde áreas subdesarrolladas del país se mueven mediamente cien mil personas cada año y de ellas retornan sesenta mil. Hay además una emigración altamente calificada que busca a través de las vías de la globalización una colocación más ventajosa. Hay, en fin, “fuga de cerebros” que es fruto de las distorsiones del sistema académico italiano. Todo ello sucede mientras otros hombres, provistos de brazos o de conocimientos, empujados también ellos por el viento de la globalización, llegan a Italia a buscar otro destino. Un tiempo se decía que quien emigraba iba a “buscar fortuna”: quien partía iba en busca de condiciones de vida más adecuadas a sus propias necesidades y a sus propios sueños. En estas breves notas se ha tratado de hacer notar que, pensando en sí mismos, los emigrantes han contribuído al bien del país del cual han partido y, como se verá en las otras partes de este volúmen, han contribuído a la fortuna de los países que los han acogido Se puede concluir con una fácil profecía: que la Italia del mañana será hija también de los nuevos “buscadores de fortuna”, aquellos que parten y aquellos que arriban.

Maria Rosaria Ostuni