La partida

¿Partir?... Si

La emigración italiana se ha prolongado desde los últimos decenios del Ochocientos hasta los años Setenta del Novecientos y ha estado caracterizada por una dispersión geográfica en todo el mundo.

Aquellos que son definidos “factores de expulsión” se referían a la agricultura, amenazada por las importaciones a bajo precio del grano americano y de otros cereales, por la concurrencia de algunos países europeos en el comercio del aceite y del vino y, especialmente en las regiones meridionales, por la extensión del latifundio y por la práctica de técnicas culturales primitivas.

Los campesinos excluídos del circuito agrícola no podían encontrar distinto empleo en un país todavía al inicio de la industrialización. Francesco Saverio Nitti icásticamente sostenía que para ellos, oprimidos por la explotación de los patrones y ricos sólo de deudas, la elección era: “bandidos o emigrantes”. Él además deseaba que la emigración se volviese un factor de modernización. Los emigrados habrían “estudiado e importado” a su regreso mentalidad, reglas y ritmos de tiempos modernos. Así, por decirlo con palabras que no podían estar aún en el vocabulario de Nitti, Cristo habría podido proseguir su viaje al sud de Eboli. (1)

En otras regiones la naciente industria mecanizada cortaba fuera del mercado del trabajo hábiles artesanos y operarios especializados. Ellos iban a otros países porque ofrecían mejores ocasiones para alcanzar metas económicas y sociales difícilmente conseguibles en la patria. Hombres para los cuales la emigración era sólo una de las posibles elecciones de vida.

La decisión de partir era tomada a menudo por el reclamo del exterior de parientes o amigos y encontraba apoyo también en las “guías para los emigrantes” a menudo producidas por países que querían atraer mano de obra de Europa. Ellas mostraban imágenes de un paraíso terrestre: ilimitadas llanuras de exhuberante vegetación, casas limpias, ordenados barrios ciudadanos

Emigrantes partiendo desde una estación ferroviaria, 1908